La Marina de València

Noticias03/12/2018

El faro del cabo San Antonio

Miramar. El blog de Francisco P. Puche, cronista de València. Artículo V


Nada como un faro para el que quiere dejarse llevar, aunque sea un rato, por la hondura de la soledad. Sentarse cerca de una linterna a escuchar el mar junto al acantilado, encuadrar una vista del horizonte junto a la presencia vigilante de un faro, es uno de los mejores empleos de tiempo que puede haber. Si solo mirar y pensar dicen que enriquece, sentir que uno --y su compañero, el faro-- vigila por el bien de los otros, lleva desde el confort moral a la autoestima.

Ya no es fácil meditar junto a un faro. Sobre todo en verano, los faros están más concurridos que los centros comerciales. Pero es razonable intentarlo de vez en cuando, en busca de serenidad y paz. Los faros, en el siglo XXI, tienen la atracción solemne de las grandes máquinas del pasado. Ya sirven para muy poco, ya no son tan precisos para navegar, y en la mayor parte de las ocasiones apenas tienen el valor moral de esas grandes locomotoras que podemos visitar junto a una escuela de ingeniería o en las inmediaciones de una estación abandonada. Pero a pesar de eso, o precisamente por eso, el amor hacia los faros está arraigándose, y mucho, entre gente que valora no ya las tecnologías que nos precedieron sino el valor cultural de su conservación, asociada a la cultura de la admiración por lo inútil.

Yo animo a los lectores a adoptar un faro, a tener un "faro de cabecera", un conocido al que visitar de vez en cuando con cortesía, un amigo que sabrá darnos consuelo en momentos especiales. Más allá de confesores o psicólogos, esperar al atardecer que la luz de la torre se encienda, comprobar que no ha sido víctima de una muerte administrativa, es una fuente de serenidad. Que se mostrará tanto más eficaz cuanto más lejos del melancólico visitante  se encuentre un teléfono móvil.

Mi faro valenciano favorito es el de San Antonio, entre Dènia y Xàbia, un faro prestigioso y muy nuestro, heredero de viejas torres de vigía adornadas con historias de piratas y naufragios. La primera luz oficial del Estado que se instaló allí fue en 1855; el emplazamiento actual de la torre data de 1861. Por eso mismo, encontrar en un periódico antiguo y de Madrid, "La Correspondencia de España", la noticia breve de la muerte del torrero del faro de San Antonio, como consecuencia de las graves lesiones que le causó la caída de una centella en medio de una tormenta, es abordar la realidad de una profesión legendaria y llena de riesgos.

Aquello ocurrió en el lejano marzo de 1863, cuando Valencia aún tenía murallas y la linterna de mar funcionaba con queroseno, que quizá estalló como un volcán a causa del impacto del rayo en la cumbre. Pero hay pocos detalles: lo que sabemos es que los ingenieros ayudaron a la viuda del torrero muerto con un donativo y que unas semanas después el mismo periódico informó de la orden de reparación urgente de los graves desperfectos que habían apagado la llama, imprescindible para la seguridad de los navegantes en el trayecto entre Valencia y Alicante.

Quince años más tarde, en 1879, un informe oficial sobre los faros del Mediterráneo indicaba que el de San Antonio, considerado de segundo orden, tenía luz giratoria con eclipses cada 30 segundos. Pero añadía que "los  buques que próximos a la costa se dirigen de Alicante a Valencia, no descubren el faro de San Antonio hasta haber rebasado el cabo de la Nao, teniendo que dar a este más resguardo que el necesario, lo que se evitaría estableciendo un faro en este cabo".

El Faro de San Antonio portada de "Las Provincias" en 1955, fruto de un concurso fotográfico.

Sin embargo, es muy feliz darse de bruces con una crónica que envió al diario de los Llorente un veraneante anónimo en agosto de 1901. Este quiso hacer en lancha el trayecto entre Dènia y Xàbia. Fue un tierno acto de amor marinero: porque solo si se bordea el acantilado, solo si se meten las narices en las cuevas, solo si se tocan, al modo ginecológico, las partes secretas del acantilado sobre el que se yergue el faro, se puede sentir la pasión de ese encuentro entre el Mediterráneo y la costa que se despeña hasta las olas.

"Forma este cabo una cortadura vertical de 160 metros de altura, casi tres Migueletes", escribió el veraneante que firmaba como "Equis". "Parece que vaya a desplomarse aquella inmensa mole de piedra sobre los que van bordeando en un frágil barquichuelo. Y esa colosal escarpa no tiene la monotonía de una pared lisa. La montaña forma  accidente variados, puntas entrantes y salientes, y a flor de agua se abren grutas caprichosísimas, en alguna de las cuales pueden entrar lanchas, ofreciendo fantástico aspecto aquellas cavernas por los agujeros de luz y sombras que forman las aguas en sus senos misteriosos".

En los días de buena visibilidad se puede vislumbrar Ibiza desde aquella altura. En la actualidad, la luz del faro del Cabo de San Antonio parpadea cada veinte segundos y tiene un alcance de 26 millas. Su número de registro nacional es el 25300 y el internacional el E-0180. El área marítima circundante del cabo está protegida como reserva marina desde 1993. Pero eso son meros datos administrativos; porque lo que cuenta es el afecto que le tenemos los que alguna vez hemos buscado su sombra y su consuelo.

La linterna de la antigua instalación.