La Marina de València

Noticias30/09/2018

Valencia, enamorada del "Pelayo"

Estrellas. Blog de Francisco P. Puche. Arículo IV


Cuando la prensa anunció que el acorazado "Pelayo" iba a venir durante la Feria de Julio de 1896, la ciudad enloqueció de contento y las autoridades decidieron echar la casa por la ventana. Los bailes, los cafés, las fondas, el comercio,  todo se animaba con la presencia de cientos de marinos en las calles. Y aunque España estaba metida en una horrible guerra contra los rebeldes independentistas cubanos, o precisamente por ello, la presencia del acorazado, escoltado por dos cruceros, tuvo la virtud de despertar las mejores fibras patrióticas valencianas.

La guerra estaba costando la vida a muchos jóvenes, demasiados, que no podían eludir el servicio militar pagando doscientos duros, como hacían los hijos de los ricos. Vicente Blasco Ibáñez cargaba en "El Pueblo" contra esa injusticia nacional. Pero no se podía perder la "Perla de las Antillas", lo joya de la mermada corona colonial, tan española como cualquier otra provincia, de la que dependían muchos y muy importantes intereses económicos. Así es que el "Pelayo" fue un símbolo y un acicate, el emblema de un Gobierno dispuesto a defender a toda costa, a cualquier precio, el honor y el interés de la nación.

Llegó el 24 de julio y echó el ancla a una milla "de la Farola", escoltado por el "Vizcaya" y el "Infanta María Teresa". Durante toda la mañana, el ir y venir de lanchas y carruajes llevó a los marinos a cumplimentar a las primeras autoridades, y viceversa. El almirante Reguera y el alcalde Santonja se fundieron en un abrazo, símbolo del afecto imborrable del pueblo valenciano hacia la Marina española. Durante todo el día menudearon las visitas de autoridades y periodistas a bordo del acorazado, donde los oficiales mostraban ufanos el último de los cuatro grandes cañones montados a bordo.

-- Aquí donde lo ven, este cañón ha costado 49.000 duros y dispara proyectiles de 700 kilos que cuestan 12.000 pesetas cada uno--, recitaba uno de los oficiales.

El "Pelayo", buque insignia de la Armada española, causaba admiración como navío y como máquina de guerra. Lo apodaban "El Solitario" porque era el único acorazado que España tenía en aquel momento. Y había sido botado en 1887; impresionaba saber que se blindaba con una coraza de 45 centímetros de acero, que tenía 105 metros de eslora, desplazaba 2.719 toneladas y se movía gracias a calderas de carbón que desarrollaban una potencia de 6.800 caballos.

En la noche del 28 de julio, Valencia preparó lo mejor que estaba en su mano dar para agasajar a los mandos y oficiales de los tres grandes navíos. La Lonja, despejada de vendedores, fue adornada con flores, plantas, banderas y guirnaldas; quitaron algunas telarañas y, por primera vez en la historia, el Salón Columnario lució con el destello asombroso de quince focos eléctricos de 600 bujías cada uno. "Aquel vasto espacio estaba iluminado de manera que no conocieron nuestros abuelos", escribió "Las Provincias". La gente nunca había visto un derroche de hermosura así, y se agolpó en la plaza del Mercado para ver tanta belleza a través de los ventanales de la Lonja, que habían sido abiertos a propósito para el disfrute del pueblo. Así es que los valencianos vieron la luz eléctrica y, además, el banquete de diez platos servido a las autoridades y la oficialidad de la Marina: el salón se había convertido en el más lujoso restaurante que se podía ofrecer, con la capilla y el tribunal de comercio transformados en cocina, obrador y despensa.

La banda Primitiva de Liria puso a la noche el delicado contrapunto musical, mientras los maceros de la ciudad, con sus antiguas gramallas de gala, remitían a los tiempos forales del edificio gótico. El Hotel de París se ocupó de que los 76 escogidos comensales disfrutaran de una gran cena. Por la mesa desfiló lo siguiente: Hors d'ouvre d'office, Potage, Bisque d'ecrevisses, Saumon Genevoise, Filet de boeuf aux truffes, Petite pois a la française, Caupons a la broche, Paté de perdreaux truffés, glace panache y desserts variés. Más cuatro vinos, un champán francés para el brindis, cigarros, café y licores.

Más tarde, en el pabellón municipal de la Feria de Julio, la banda de los Bomberos amenizó un animado baile donde las señoritas de la mejor sociedad valenciana alternaron con los distinguidos oficiales del "Pelayo". Un buque de guerra, ay, que estuvo a punto de intervenir en la desastrosa guerra colonial española cuando se pensó, incluso, en bombardear a la desesperada las costas norteamericanas, un plan de locos que fue archivado finalmente. Entre otras razones porque cuando todo acabó en desastre, en 1898, el acorazado era una reliquia del pasado comparado con los monstruos de guerra de los Estados Unidos.

 En 1909, sin embargo, el "Pelayo" sí que cañoneó las costas marroquíes en el rebrote de otro conflicto colonial, el que desencadenó la Semana Trágica de Barcelona y dio al traste con la taquilla de la Exposición Regional. Pero todo termina, antes o después, y el veterano acorazado fue dado de baja del servicio en 1924, en tiempos de Primo de Rivera; dos años después, en Rotterdam, aquella vieja gloria fue convertida en pedacitos de chatarra.