La Marina de València

Sissi, a bordo del "Miramar"

Estrellas. Blog de Francisco P. Puche. Artículo III.
14/9/2018


La noticia se publicó el 28 de diciembre de 1892, pero no era una inocentada. Decía, sencillamente, que la emperatriz Sissi, la esposa del emperador de Austria-Hungría, estaba en Valencia; había llegado a bordo del yate imperial "Miramar" y solo quería pasear por el puerto, hacer compras... y desde luego no ser molestada por nadie.

Sissi, la emperatriz Isabel Amalia Eugenia, Duquesa en Baviera, a sus 55 años de edad, ya no era, ni de lejos, la jovencita que se desposó con el elegante Francisco José muchos años atrás; ni mucho menos aquella sonriente e ingenua muchacha que Romy Schneider encarnó para películas cargadas de colorines y almíbar. Solitaria, retraída, envejecida antes de tiempo, la mujer que pisó los muelles del destartalado puerto de Valencia era una persona de carácter melancólico, vestida de oscuro, que pasaba largas temporadas de viaje por el Mediterráneo o el Atlántico, en busca de una felicidad más que perdida, anhelada.

Un par de oficiales de seguridad y una dama de compañía eran su escolta permanente en un periplo turístico que, en este caso, le traía de Castellamare, Mesina, Palermo y Palma de Mallorca, sin  traer cuenta de que el calendario remitía a días navideños que era costumbre vivir en familia. Pero su familia ya no existía. Desde la muerte de su hijo Rodolfo en el castillo de Mayerling, el luto y el aislamiento de la corte eran su mejor compañía.

001 el miramar en valencia

Yate imperial "Miramar"

El yate imperial llamaba la atención en el centro de la dársena de Valencia. Enarbolaba tres mástiles con velamen pero mostraba dos humeantes chimeneas: potentes calderas de vapor daban movimiento a unas ruedas de paletas que unos años atrás habían sido un portento tecnológico. Con base en Trieste, el navío, insignia de la poderosa flota naval de Austria-Hungría, iba servido por 176 tripulantes, a las órdenes del comandante Wathel. Y llevaba a bordo todo cuanto su ilustre y caprichosa pasajera pudiera necesitar: desde los aparatos gimnásticos con los que se fatigaba el cuerpo cada mañana hasta las gallinas y cabras que suministraban huevos y leche para su austera dieta.

Decir que la emperatriz Sissi estuvo en la fábrica de la Ceramo, que entonces era la más prestigiosa de Valencia, es quedarse en apenas nada de las visitas que hizo y las compras que los ayudantes iban acarreando hacia el barco. Cuando los periódicos nombraron dos o tres tiendas, numerosos comerciantes protestaron para salir en la lista. Paseó por el puerto a pesar del frío invierno, pero fue pasajera del "Ravatxol", trenecillo de vapor que unía el puerto con la ciudad. Sissi durmió las tres noches siguientes en el buque, pero usó los servicios de un intérprete, empleado de la Fonda de España. Y con su reducida escolta, siempre de incógnito, recorrió la calle de San Vicente y la plaza de la Reina, y no se perdió detalle de la Catedral, la basílica de la Virgen, la Generalidad y la Lonja. El mercado bullicioso, las tiendas y mercerías, surtieron el equipaje imperial de sombreros, agujas para el pelo, collares, abanicos, platos de loza dorada y otros mil objetos. Incluso compró una colorista manta de labrador valenciano.

La Fábrica de Tabacos, que funcionaba en la vieja Aduana, consumió un par de horas de la curiosidad de la extraña y huidiza dama, que de paso admiró la Glorieta y recorrió las populares casetas de la Feria de Navidad, que se extendía hasta el río por donde hoy tenemos la avenida de Navarro Reverter. Y fue feliz un instante porque, estando entre el pueblo, nadie reparó en su alcurnia ni en su procedencia.

El corresponsal en España del prestigioso "Zeitung" vienés llegó corriendo a Valencia, en busca de la singular noticia. Pero Sissi se ocultaba en medio de la dársena, insistía en que su visita no era oficial y ni siquiera quiso recibir a las autoridades de la Marina. Solo el cónsul del imperio Austrohúngaro, el primero de los Goerlich asentados en Valencia, fue recibido unos minutos, en el último día de estancia de la ilustre viajera. El 31 de diciembre, el "Miramar", con sus 2,000 toneladas, echó a andar sus ruedas de paletas y puso rumbo a Alicante. El periplo solitario de la ilustre dama siguió y siguió... hasta que un día de 1898 fue asesinada por un anarquista italiano en Ginebra.

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 Tranvía a vapor "Ravatxol".