La Marina de València

Una ballena para su majestad

Miramar. El blog de Francisco P. Puche, cronista de València. Artículo II
7/9/2018


No es difícil de imaginar la escena: Felipe II, austeramente vestido de negro, llevaba toda la mañana despachando una larga lista de asuntos de gran importancia para el imperio, y estaba un poco fatigado. Pero, al filo de las doce, cuando ya creía haber terminado la tarea de la mañana, uno de los secretarios de corte le hizo ver que todavía quedaba un asunto más que despachar. El funcionario esquivó con prudencia la mirada de odio que el monarca le dirigió y salió de la estancia para indicar a unos criados que entraran deprisa en la estancia con el envoltorio que traían.

- ¡Por Dios bendito! ¿Qué será la desgracia que me va a retrasar hoy?

Mientras los servidores desliaban el fardo de recia tela de lona, el rey se fue inclinando con aprensión curiosa hacia lo que el envoltorio dejaba ver. Con su dedo índice inquieto el monarca señaló lo que parecía una mandíbula provista de afilados dientes.

-  ¿Pero qué cosa del diablo es esa? Veo dientes horribles: No será otro repulsivo lagarto de esos que mandan los virreyes de Indias ¿verdad?

El secretario, nervioso y azorado, le explicó que no, que el regalo, en este caso, acababa de llegar desde tierras cercanas. Y que no se trataba de un terrible aligator americano, sino de un pez del vecino Mediterráneo.

- Nos las mandan el virrey y los Jurados de Valencia, majestad. Y pertenecen a un gran pez mular, o ballena, que ha llegado muerto hasta aquellas playas, después de un temporal, causando gran espanto y sensación entre las gentes. Como quedó al fin muerto en la boca del canal que comunica con el lago de la Albufera, que es predio propio de la Corona, se ha determinado haceros este presente.

Sin tocarlo, dándole vueltas cautelosas, el rey examinó aquellas largas mandíbulas, misteriosas y temibles. Y tras considerar que lo educado sería agradecer a los valencianos el presente, le planteó a su secretario, casi como venganza, una pregunta que mantuvo ocupada a la mitad de la Corte durante la siguiente semana.

- ¿Y qué haremos con tan delicado obsequio valenciano?

Entre las decisiones del Real Consejo de Felipe II del año 1574 está la de enviar a la comunidad benedictina de San Lorenzo del Escorial las mandíbulas de ballena remitidas desde Valencia. No hay noticia de las deliberaciones que la comunidad llevó a cabo en torno al insólito envío del monarca, aunque todo indica que, si hubo voces discrepantes,  fueron superadas por la resolución del abad.

Durante años, durante siglos, sobre la puerta de entrada de la Bodega Mayor del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial, los visitantes han podido ver unas grandes mandíbulas de ballena, polvorientas pero impresionantes como el primer día.

En su "Libro Cuarto de la Historia de Valencia", Gaspar Escolano habla de los peces de todo tipo que pueblan la costa valenciana y deriva hacia la presencia de peces mulares, delfines, ballenas y otros gran mamíferos del mar que han causado espanto en todas las épocas. Y dice, en la página 733 que "de mayor monstruosidad fue una Phoca aventurera que en el año 1574, arrojada por una furiosa borrasca, embistió en nuestra playa, donde vino a perecer. Tenía más de cien pies de largo, y al rey Felipe II, que reinaba entonces, le fueron enviados dos huesos de la maxila de abajo, que pasaban de veinte (pies), en testimonio de su grande disformidad". (Disformidad de la ballena, que no del rey, habrá que añadir sin ánimo de enmendar al maestro Escolano)

     

Monasterio del Escorial                                                                    Felipe II