La Marina de València

Para ver el mar... y el negocio

Miramar. El blog de Francisco P. Puche, cronista de València. Artículo I
29/8/2018


El miramar, decimos, es un elemento sustancial en la arquitectura valenciana; más allá de las torres y las cúpulas, es un referente peculiar en el perfil de la ciudad.En la ciudad llana, el miramar es una construcción que eleva la mirada, un observatorio que remite al anhelo romántico de divisar la línea azul del horizonte. El miramar es la evidencia, burguesa y elegante, de una ciudad que se empina sobre sí misma para ver el mar.

Pero no solo es la nostalgia de las olas la que llevó a los valencianos a construir miradores sobre sus azoteas. Muchos de los que nos han quedado están, sí, en casas elegantes y burguesas. Pero otros resultan ser la atalaya de negocios que necesitaban tener información de lo que pasaba en el mar... aunque con la vista puesta en la torre del Micalet.

Porque desde los primeros compases del siglo XIX la terraza del campanario de la Catedral --el punto más elevado de aquella Valencia-- sostenía un interesante semáforo de señales, hecho con bolas de cuero, que daba cuenta de la llegada de los barcos al puerto, y de su procedencia. El código de señales, que aquí reproducimos, no era complicado; y hablaba a los entendidos de la llegada de un buque, o de dos, y de su procedencia, norte, sur o este, información más que suficiente para los que estaban esperando un flete, un viaje o una mercancía pedida semanas atrás.

Código de señales del Micalet. 

Como vemos, la finalidad romántica del miramar valenciano, esa misión soñadora y contemplativa, tiene, por añadidura, la práctica aplicación del servicio de vigía; el Micalet, que dirigía la vida gremial en la ciudad con las campanadas de su antiguo reloj, hacía también que el valenciano estuviera pendiente de las bolas, más allá de las olas.

Cuando esa burguesía valenciana que se hacía construir un miramar quiso tener un lugar de encuentro en la línea de la playa, nació un establecimiento de referencia, el Miramar. Durante décadas fue un restaurante que adoptó el aspecto improvisado de los balnearios desmontables que nacían cada verano en la arena, pero que se quedó, con una concesión portuaria, cerca del Tiro de Pichón. Juan Clemente, el propietario, era un avispado hostelero, capaz de entender desde el primer minuto las exigencias y los gustos de una clientela que, en verano, buscaba poder encontrarse en torno a la mesa, sintiendo la brisa del Mediterráneo.

Restaurante Miramar en 1911.

En el Miramar, que llegó a tener 500 plazas en sus comedores, se podía almorzar con cristalería y traje de etiqueta, pero también era posible un almuerzo desabrochado y sin demasiadas reglas como el verano reclamaba. Con todo, Miramar fue el primer establecimiento de la playa que, en fecha tan temprana como 1910 tuvo a su servicio un elegante automóvil que recogía a los clientes en la última parada de los tranvías en el Paseo de Caro. Sombreros de ala ancha y abanicos, camisas de cuello duro y sombreros de paja... Ellas y ellos, pulcramente tapados, se acercaban al mar y almorzaban en la terraza. Bajo, entre risas, los comensales se podían quitar la chaqueta y comer un buen arroz son preocuparse de enseñar los tirantes.

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